CUENTOS ZEN DE SAMURAIS

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En este modesto apartado he agrupado todos los cuentos y relatos cortos sobre enseñanzas Zen que se emitieron en la tercera temporada de ELDE más algunos nuevos que no pudieron ser incluidos por falta de tiempo.

Casi todos los relatos forman parte de enseñanzas zen, o de hazañas militares y muchos son de carácter popular y por tanto de autor desconocido. Los que se muestran aquí son adaptaciones realizadas por El Coronel Kurtz al lenguaje y los modos occidentales y alguno escrito por él mismo. Caundo no es así y se conoce, se indica tanto la fuente como el autor y la fecha.



EL ARQUERO Y EL MAESTRO ZEN

Tras ganar su enésimo concurso de tiro con arco un joven samurai se fue a celebrar su triunfo a una cantina cercana junto a sus amigos. El sake, que no dejaba de servirse, no tardó en hacerles efecto y todos terminaron coreando su nombre y afirmando a gritos que era el mejor arqueo de todo Kamakura.

Nadie en la cantina se atrevió a contrariar al grupo de ebrios samuráis sin embargo el joven campeón se fijó que un lugareño no dejaba de menear la cabeza. - "Tu. ¿Por qué niegas con la cabeza? ¿Acaso conoces alguien más hábil que yo con el arco?" - gritó el joven, a lo que el interpelado contestó - "No te he visto tirar, sin embargo hace unos días, al pasar por la Montaña Quebrada, pude ver a un maestro Zen con su arco y no creo que nadie pueda igualar su pericia". - "¿Comparas la habilidad de un monje con la de un samurai entrenado?" pregunto irónicamente uno de los amigos del samurai y todos se echaron a reír y siguieron bebiendo sin hacer más caso al lugareño.

A la mañana siguiente el joven guerrero, al que el orgullo no le había dejado dormir, cogió su arco y sus flechas, montón en su caballo y cabalgó hasta la Montaña Quebrada donde, tras preguntar a varios caminantes, encontró al maestro Zen y nada más verlo lo retó a competir con él. Sin esperar su respuesta, y haciendo gala de una depurada y elegante técnica, el samurai realizó un disparo de larga distancia que dio en centro de un delgado árbol sin embargo cuando miró al maestro no vio en su rostro asomo de sorpresa o admiración. Dispuesto a dejarlo sin habla el samurai disparo una segunda flecha que, tras volar elegantemente, se clavo tan cerca de la primera que ambas parecían desde la disntacia, una sola.

Sin decir una palabra el maestro Zen tomó su arco y sus flechas y empezó a caminar hacia el bosque haciendo un gesto al joven para que le siguiese. El samurai, sin saber que pretendía, lo siguió en silencio hasta que, tras caminar durante veinte minutos, llegaron a un ancho y profundo acantilado que estaba atravesado por un estrecho y precario puente colgante que se bamboleaba fruto del fuerte viento.

El maestro Zen empezó a recorrer el puente con paso firme y sin hacer caso al ruido y al movimiento de este cuando llegó a la mitad del puente cogió una flecha, la colocó en su arco y la lanzó. La fecha cruzó la larga distancia que restaba por cubrir hasta el otro lado y se clavo en uno de lo finos postes. Acto seguido, y tal como había hecho el samurai, lanzó una segunda flecha que se clavó junto a la primera.

Tras el segundo disparo el maestro Zen se echó a un lado y le hizo un gesto al samurai para que disparase. El joven tomo una flecha, la puso en el arco y se dispuso a disparar, sin embargo el movimiento del puente y el miedo a caer que tenía eran tan grandes que perdió la concentración y erró por mucho el disparo que se perdió entre las copas de los árboles. - "Tu técnica es admirable y por ello, cuando domines tu mente y sea tan fuerte como tu brazo, serás un buen arquero" - Dijo el maestro Zen, y sin añadir más, regreso a su casa dejando allí al joven sumido en sus pensamientos.



EL SAMURAI Y LOS TRES GATOS

Era se una vez un samurai al que se le coló un ratón en la casa. Por más que hacía el bravo guerrero no conseguía acabar con el incómodo visitante de modo que, siguiendo el consejo de un vecino, buscó un gato que acabase con su problema.

Tras recorrer los alrededores el samurai encontró un impresionante felino. Se trataba de un animal fuerte, sano, esbelto, ágil y hermoso sin embargo el ratón resultó ser mucho más listo que él y por más que lo intentaba no podía atraparlo. Frustrado por la falta de pericia de su gato el guerrero se deshizo de él y buscó un segundo felino. Para no repetir su error, en lugar de escoger un gato hermoso y fuerte se decantó por uno astuto al que vio robar con destreza varios peces a unos pescadores. El samurai estaba seguro que el ratón caería al instante sin embargo el astuto roedor no fue atrapado ya que, viendo que el gato era astuto, sólo salía de su escondite cuanto al felino le vencía el sueño y se dormía.

Viendo que su segundo gato no hacía carrera se deshizo también de él y se acercó a un templo Zen que tenía fama de ser el lugar más libre de roedores de todo Japón. Tras explicar su problema a los monjes les pidió que le diesen un gato a cambio de un óbolo y estos accedieron a su petición. El gato que le entregaron se le antojó gordo y somnoliento pese a lo cual se lo llevó a su casa.

El primer día el gato se limitó a deambular por la casa sin ningún garbo y cada vez que el ratón salía de su escondite lo ignoraba y se acostaba para echar una siestecita. La actitud del felino inspiró confianza al roedor que al segundo día, tras ver que el felino estaba dormido, pasó quedo junto a él de camino hacia el dormitorio. Fue entonces cuando el gato, haciendo gala de una agilidad que el samurai no le suponía, dio un sorprendente salto y de un certero zarpazo mató al ratón para acto seguido deglutirlo esbozando una sonrisa.



EL SECRETO DEL CAMINO DE LA ESPADA

Un joven que deseaba convertirse en el mejor guerrero de Japón acudió a la casa de un reputado maestro de kendjutsu (el arte de la espada) y le rogó durante días que le enseñase los secretos del camino de la espada. Tan insistente fue el muchacho que el viejo maestro, que hacía tiempo que no entrenaba a nadie, lo tomó como pupilo.

Tras oficializar su tutela el anciano se giró hacia el joven y le dijo "Desde este mismo momento irás todos los días al bosque y cortarás lecha para mi y para mis vecinos. Cuando termines cogerás estos dos cubos e irás al río a traernos el agua que precisemos para la jornada. "Hai" (si) se limitó a responder el joven y cumplió cada día con ambos trabajo durante tres largos años en los que el anciano no le dirigió la palabra.

Aunque como alumno le debía obediencia el joven, pasado ese trienio, no aguantó más y le dijo a su maestro "Vine a usted para aprender el camino de la espada y hasta el día de hoy ni siquiera he traspasado la puerta del Dojo". El anciano lo miró, esbozó una sonrisa y le dijo "Tienes razón, ven conmigo, hoy mismo entrerás" y lo llevó hasta el Dojo. Una vez allí el maestro corrió la puerta, le enseñó la estancia y le dijo "Desde hoy cuando termines con la leña y el agua vendrás al Dojo y caminarás por aquí pisando cuidadosamente sobre el borde del tatami, pero sin dar un paso ni dentro ni fuera de él. Lo harás hasta la hora de la comida y después de esta hasta que la noche caiga".

El joven cumplió con lo requerido durante todo un año sin que el anciano le volviese a hablar y nuevamente harto se inclinó ante su maestro y le dijo "Me marcho. Vine a aprender el camino de la espada y tras pasar aquí cuatro años sólo he aprendido a ser su sirviente de modo que me voy".

El anciano le miró aviesamente y le dijo "Iie" (no) y acto seguido añadió "Esta tarde te voy a enseñar el camino de la espada" y una vez que hubieron comido lo llevó lejos adentrándolo en la montaña hasta llegar a un profundo acantilado donde un finísimo tronco actuaba como improvisado y precario puente. "Bien, alumno mío, cruza hasta el otro lado" dijo le maestro, pero el joven, ante la enorme caída y el mal estado del estrecho tronco no se atrevió a dar un paso. Justo en ese preciso momento llegó un anciano ciego, viejo conocido del maestro que cruzaba por allí cada tarde y, tras saludar a ambos, tanteando con su bastón de bambú, cruzó raudo y tranquilo hasta el otro lado. Al verlo el joven alumno perdió el miedo y sin dejar pasar un segundo cruzó al otro lado y regresó casi a la carrera.

Cuando lo tuvo otra vez a su lado el maestro le dijo "Trabajando con la leña y el agua desarrollaste tu musculatura. Caminando por el borde del tatami potenciantes su equilibrio. Cruzando este tronco has dominado el secreto de la espada, alejar tu ego, no temer a la muerte y ser indiferente ante las adversidades. Lo que te queda ahora es lo más sencillo, aprender a usar la espada". Dicho esto desenvainó su katana y dijo "Empecemos".



BOKUDEN Y EL ARTE DE VENCER SIN USAR LAS MANOS

El texto que estás a punto de leer es una adaptación a la narración occidental que he realizado de una anécdota, supuestamente real, incluida en el Kôyô Gunkan, un registro de hazañas militares del clan Takeda (850-880). El protagonista de la misma es Tsukahara Bokuden, un famoso espadachín del periodo Sengoku (1467 – 1603) que sirvió como instructor para el Shogun Ashikaga Yoshiteru y del gobernador de la provincia de Ise, Kitabatake Tomonori. Fue también el creador de un nuevo estilo de lucha llamado Kashima Shintô-ryû al cual llamó durante un tiempo Mutekatsu-ryû (ganar sin usar las manos).

Una barca cruzaba el lago Biwa llevando sobre su cubierta a un grupo de viajeros. La mayoría eran campesinos, comerciantes y artesanos, pero junto a ellos viajaba también un joven y arrogante samurai. El guerrero era de esos a los que les gusta hablar de sus hazañas y por eso, sin dejar de acariciar la empuñadura de su katana, hablaba y hablaba de sus muchas victorias y de su gran pericia en el arte de la esgrima.

La mayor parte de los viajeros, por temor a ofenderlo, fingían prestar atención y asentían mostrando fingidos rostros de admiración, sin embargo el anciano que se había acomodado a su lado permanecía con los ojos cerrados y parecía dormitar. El joven, molesto con la falta de atención del viejo, le dio un codazo y le preguntó si su charla le aburría. El anciano, que era en realidad un samurai llamado Tsukahara Bokuden que viajaba de incógnito, lo miró con displicencia y para asombro de todos, y en especial del joven, respondió “Si, me aburres. Interrumpes mi meditación y no cuantas nada que sea de mi interés”.

“Eso es porque eres un viejo inútil que jamás ha tocado una espada y que por tanto no aprecia lo que son buenas lecciones de lucha y ejemplos de valor y pericia”. Bokuden, sin mostrar ningún tipo de emoción, le miró a los ojos y le respondió. “No, no es por eso. La razón por la que no te presto atención es que domino el arte de luchar sin espada”.

Irritado con la arrogancia del anciano el joven, tras llamarlo loco mentiroso, le exigió que le mostrase su estilo en un duelo singular. “Imposible en un espacio tan reducido como este” dijo Bokuden haciendo un gesto a la estrecha y abigarrada cubierta y añadió “En la orilla más cercana si te parece bien”. El joven aceptó la oferta y ordenó al barquero que se acercase a la orilla.

Ansioso por luchar el joven saltó al agua cuando la barca aun no había tocado tierra y empezó a tantear el terreno gritando al anciano que se apresurase. Bokuden, sin mostrar prisa alguna se levantó con lentitud, se estiró y, tras pedirle al barquero su pértiga la hundió en el fondo y empujó con fuerza haciendo que la barca se alejase de la orilla con rapidez.

Para cuando el joven reaccionó y entró en el agua para alcanzar la barca esta ya estaba fuera de su alcance. Sin dejar de remar Bokuden le gritó “Y así, hijo, es como se gana un duelo sin usar la espada” y tanto él como resto de pasajeros estallaron en grandes carcajadas que el joven tuvo que soportar con resignación.



LA MANA Y LA CABEZA

El texto que vas a leer, pese a guardar la estructura de las enseñanza zen, cuentos cortos con moraleja, ha sido escrito en su totalidad por nuestro compañero el Coronel Kurtz sin tomar como referencia ninguna relato clásico.

Cierto día Ryûnosuke, uno de los samuráis más habilidosos del señor Toranaga, salió del castillo para dar un paseo. Su intención, ya que era la época adecuada para ello, era disfrutar de la contemplación de las sakuras (flores del cerezo) y, como su tiempo libre era escaso, más que caminar se diría que corría. Su destino era un lugar situado al otro lado del río y para acceder a él debía cruzar un largo puente de madera que era tan estrecho que sólo tenía sitio para una persona.

Tras media hora de caminata, y aun sofocado por el alto ritmo de su marcha, Ryûnosuke llegó al puente y torció el gesto al ver que un hombre cruzaba desde el otro lado. El extraño, que caminaba despacio porque tenía una aparatosa cojera y usaba bastón, apenas había iniciado su camino y, aunque la costumbre dictaba que Ryûnosuke debía esperar, la impaciencia le hizo continuar su paseo.

Cuando ambos se encontraron el samuráis exigió al extraño que volviese sobre sus pasos ya que estaban más cerca de su lado del puente. - "Yo ya estaba en el puente cuando tu llegaste, muchacho. El que debe retroceder eres tu" - le respondió el cojo. - "¿Muchacho? No soy ningún muchacho, soy un gran samurai" - Respondió Ryûnosuke apoyando su mano sobre el curvado mango de su katana. El extraño lo miró, enarcó una ceja, esbozó una sonrisa y preguntó - "¿Vas a matarme y a pasar por encima de mi cadáver para llegar al otro lado? ¿Tan importante es tu misión muchacho?" - Ryûnosuke, enojado porque era la segunda vez que le llamaba muchacho, respondió - "Si y también lo haré si vuelves a llamarme muchacho" -

El cojo, lejos de mostrar miedo estalló en una carcajada y preguntó - "¿Y con que vas a darme muerte?" - Ryûnosuke, desconcertado y ofendido por la respuesta, echo mano a su katana para desenvainarla mientras gritaba - "Con mi kat…", pero antes de que pudiese terminar la frase el extraño descargó dos rápidos barazos sobre él. El primero impacto en su muñeca y a punto estuvo de rompérsela y el segundo golpeó su cabeza haciendolo caer al suelo semiinconsciente. - "La espada no se puede usar sin una mano sana y una cabeza sensata y veo que tu careces de ambas" - Sentenció el cojo quien, tras quitarle las dos espadas del cinto, las tiró al río y, pasando por encima de él, siguió su camino.

Ryûnosuke trató de levantarse para seguir al cojo y darle su merecido, pero estaba muy mareado de modo que volvió a tumbarse. Cuando por fin se encontró con fuerzas ya no había rastro del extraño y el samuráis, que no podía volver sin sus espadas, decidió meterse en el río que, pese a ser ancho, no era muy profundo e intentó recuperarlas. La tarea le llevó más de lo previsto y fue infructuosa de modo que, siendo ya muy tarde, regreso al castillo, cansado, mojado, dolorido, desarmado y derrotado.

Desde la guarda de la entrada al más modesto de los sirvientes todos le miraron con extrañeza y la vergüenza de Ryûnosuke se tornó en extrañeza cuando Suzume, una de las criadas, se acercó corriendo hasta él y le dijo - "Corre, ve a la sala de armas. Kamiya, el nuevo maestro de esgrima ha llegado un día antes de lo previsto y quiere verte" - El aviso de la joven le causó gran extrañeza, pero Ryûnosuke corrió hasta la armería y nada más entrar hizo una reverencia y dijo - "¿Quería verme maestro Kamiya?" - El maestro, que estaba de espaldas a la puerta limpiando el filo de un espada, le hizo un gesto para que se arrodillase y esperase y Ryûnosuke así lo hizo.

Pasados unos minutos que se le hicieron largos, el maestro dio por finalizado su trabajo, envainó la katana y se giró tendiéndosela. - "Toma, espero que esta la uses con mejor mano y mejor cabeza" - Ryûnosuke tomó avergonzado la espada de manos del maestro Kamiya, que resultó ser el extraño del puente, y recordó lo que un día le dijo su padre - "La confianza y la arrogancia son dos caminos que llevan al mismo destino, la derrota"-.



EL DUELO DE LO VIEJO Y LO NUEVO

Cierto día el señor Naoshige, hablando con Shimomura Shoun, el más viejo de los samuráis que le servían le dijo "La fortaleza y el vigor del joven Katsuchige son admirables para su edad y cuando lucha con sus compañeros vence incluso a los que le llevan muchos años. Es algo sorprendente y digno de ver".

Shimomura, esbozando una sonrisa, respondió "Aunque muchos me consideran ya más un anciano que un guerrero estoy dispuesto a apostar mi paga de un año a que ese muchacho tan hábil no consigue vencerme". El señor Naoshige se echó a reír, pero viendo que su avejentado súbdito no lo hacía, le tomó la palabra y organizó todo lo necesario para que esa misma noche, en el patio del castillo, ambos samuráis pudiesen enfrentarse.

Todos los guerreros que no tenían servicio acudieron al patio para ver el duelo y lo hicieron impacientes por ver como el viejo Shimomura, al que todos le tenían celos por sus antiguas gestas, era derrotado por su joven oponente y quedaba en ridículo ante su señor y ante todo el castillo.

Cada uno de los oponentes tomó un sable de madera, entró en el espacio habilitado para la lucha y, tras realizar los saludos rituales, alzaron sus armas en espera del primer lance. Viendo la fragilidad de su oponente, que tenía un ligero temblor de pies fruto de tener alzada el arma, el vigoroso Katsushige se precipitó raudo hacia él. Shimomura, sin asomo de miedo, permaneció quieto como una estatua y sólo cuando el sable de su rival bajaba sobre él dio un pequeño paso a la derecha que lo dejó libre del golpe. Al no encontrar oposición al descargar su golpe Katsushige, fruto de la inercia, pasó de largo y fue entonces cando el anciano le asestó un tremendo golpe en la nuca que lo arrojó inconsciente y derrotado al suelo. En el patio se hizo un profundo silencio y Shimomura lo aprovechó para alzar su voz y decir "Un samurai que tiene fuerza y no posee control es como un pájaro que ni canta ni tiene alas".



EL SAMURAI QUE MATÓ A SU PERRO

Cierta tarde un samurai que vivía a las afueras de Edo salió a pasear con su perro. El animal, al que tenía desde que era un cachorro, era dócil y correteaba de un lado a otro mientras trataba de atrapar las flores que ya empezaban a caer de los cerezos.

El samurai, divertido con la escena, se apoyo en uno de los árboles y se dedicó a contemplar las cabriolas del animal hasta que este, sin motivo aparente, dejo de jugar con las flores y corrió hacia el guerrero.

El animal, ladrando como un loco y soltando dentelladas, cubrió raudo los escasos metros que le separaban de su amo y se lanzó hacia él.

El experimentado guerrero, siempre alerta aun en tiempos de paz, desenvainó su katana y con un ágil y rápido movimiento cortó la cabeza del perro cuando este ya estaba en pleno vuelo.

El cuerpo del animal calló al suelo sin vida mientras su cabeza, fruto del rápido tajo, volaba por los aires. El samurai siguió con la vista la cabeza de su can y fue entonces cuando vio que en una de las ramas del árbol había una serpiente.

El samurai comprendió entonces que su perro no lo atacaba a él sino al ofidio y al ser consciente de que este solo intentaba protegerlo de la silenciosa amenaza lloro amargamente.

Abatido por la pérdida el samurai enterró a su fiel amigo y mientras lo hacía recordó una viaja enseñanza que tenía olvidada ... "El sentido de una acción no siempre es fácil de interpretar por eso, antes de desenvainar tu espada, asegúrate que esa es tu única opción".



EL SAMURAI IMPASIBLE

Cerca de la ciudad de Edo vivía un anciano samurai que, retirado del servicio del emperador, había montado una escuela en la que enseñaba tanto los principios de la espada como los principios del budismo zen. Su fama era grande y sus alumnos, admirados por la elegancia de su maestro, afirmaban que este seguía en forma pese a su edad y que nadie podía vencerle.

Sus desmedidos comentarios llegaron a oídos de un joven samurai que, ávido de fama, se presentó en la escuela para retar al anciano. El joven guerrero, un ser vil y taimado, jamás había perdido un duelo ya que antes de que se iniciara la pugna insultaba a sus rivales para descentrarlos. Cuando así lo hacía estos se apresuraban a desenvainar su espada perdiendo la concentración debida y dejándolo el hueco en la guardia que precisaba para darles muertes.

La poco elegante táctica jamás le había fallado y por eso cuando el anciano samurai aceptó el reto y ambos salieron al patio rodeados por los aprendices de este empezó a insultarlo. Cientos de improperios salían de su sucia boca pero el anciano permaneció calmado e inmóvil sin darle réplica y sin desenvainar su katana para no darle la ventaja que buscaba. Irritado porque su táctica no daba fruto y temeroso de ser el primero en echar mano de la espada siguió con sus insultos durante horas e incluso llegó a tirar varias piedras al anciano.

Al caer la tarde y sintiéndose tan exhausto como humillado, el impetuoso guerrero se retiró y fue entonces cuando sus alumnos, indignados con el modo de actuar de su maestro, lo rodearon y lo acosaron a preguntas. "¿Cómo ha podido soportar tanta ignominia?, ¿Por qué no desenvainó la espada?, ¿Acaso no era mejor morir que quedar como un cobarde ante sus alumnos?. El samurai les dejó hablar y cuando se callaron alzó su mano y preguntó: "Si alguien viene a ti con un regalo, y no lo aceptas, ¿A quién pertenece el regalo?". Tras mirarse extrañados unos a otros uno de respondió "A aquel que vino a entregarlo". Sonrienado el samurai concluyó "Bien has respondido, y esa misma respuesta sirve para le envidia, la rabia y para los insultos, ya que si no los aceptáis seguirán perteneciendo a quien cargaba con ellos".



LAS PUERTAS DEL CIELO

Una calurosa mañana de verano un famoso samurai fue a ver a Hakuin, uno de los más respetados Maestros Zen y, ávido por saber más cosas del más allá, lo acribilló a preguntas "¿Existe el infierno? ¿Existe el cielo? ¿Dónde están las puertas que llevan a ellos? ¿Por dónde puedo entrar?"

Era un guerrero importante pero sencillo, como lo son todos, y en su simple mentalidad solo había sitio para dos conceptos; la vida y la muerte. No era humilde y no quería aprender ninguna doctrina. Lo único que deseaba era saber dónde estaban las puertas, para evitar la del infierno y entrar en la del cielo. El maestro Hakuin había tratado antes con este tipo de personas y sabía que debía hacer de modo que, empleando cierto desdén en su todo, le contestó con otra pregunta "¿Quién eres tú que así hablas a un maestro Zen?"

Contrariado por la altanería del monje el guerrero contesto "Soy un reputado jefe samurai y hasta el mismísimo emperador conoce mi nombre y me paga generosamente por mis valiosos servicios". Hakuin rompió a reír y dijo "Tu no eres un samurai. Por tu aspecto diría que eres un mendigo que busca limosna". Herido en su orgullo ante tamaña ofenda el samurai desenvainó su Katana y la alzó para cortar al maestro Zen en dos. "Esta es la puerta del infierno. Mi muerte y esa espada, esa ira, ese ego los que te la abren" dijo Hakuin y al oírlo el samurai retuvo el golpe, templó su ánimo y con un elegante gesto devolvió la katana a su vaina. Al verlo calmado y sereno Hakuin lo miró los a los ojos y le dijo "Así amigo mío es como se abren las puertas del cielo".



EL SAMURAI Y EL PESCADOR - THE WEAPONLESS WARRIOR
Escrito por Richard Kim para Ohara Publications en 1974

Durante la ocupación Satsuma de Okinawa, un Samurai que había prestado dinero a un pescador, viajó hasta el hogar de este en la provincia de Itoman para cobrar lo que se le debía. No pudiendo pagar, y sabiendo que el Samurai era famoso por su mal genio, el pobre pescador huyó y se escondió.

El Samurai fue a su hogar y al no encontrarlo allí, lo buscó por todo el pueblo y a medida que pasaba el tiempo su ira aumentaba. Entrado ya el atardecer lo encontró escondido bajo un barranco y enojado desenvainó su espada y le gritó: "¿Qué tienes que decirme?". El pescador muy nervioso se hincó de rodillas y contestó "Antes de que me mate, me gustaría decir algo. A su señoría humildemente se lo pido".

"Ingrato! Te presto dinero cuando lo necesitas y te doy un año para pagarme y me retribuyes de esta manera" gritó el Samurai, pero picado por la curiosidad añadió "Habla antes de que cambie de parecer". Postrado de rodillas el pescador dijo "Lo siento. Lo que quería decirle era que acabo de comenzar el aprendizaje del arte del kárate y la primera cosa que he aprendido es este precepto - Si alzas tu mano, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza, restringe tu mano - ". El Samurai quedó hondamente impresionado al escuchar tan acertada frase en los labios de un simple pescador de modo que envainó su espada y respondió: "Bueno, tienes razón, pero acuérdate de esto, volveré en un año a partir de hoy, y será mejor que tengas el dinero" y dicho esto emprendió el regreso.

El Samurai llegó a su casa muy entrada ya la noche y cuando estaba a punto de anunciar su regreso, como en él era costumbre, algo lo detuvo. A través de la puerta entreabierta de su habitación salía un haz de luz de modo que agudizó su vista y observó. Su Esposa estaba tendida durmiendo y junto a ella yacía una figura de contorno impreciso que vestía como un samurai. Sorprendido y furioso desenvaino su katana y se acercó sigiloso hasta el lecho alzando el arma y preparándose para dar el golpe mortal, pero no lo hizo pues justo en ese momento recordó las frase del pescador "Si tu mano se alza, restringe tu temperamento; si tu temperamento se alza restringe tu mano".

El samurai volvió sobre sus pasos, salió de la habitación y dijo en voz alta "He vuelto". Al oírlo su esposa se levantó rauda para recibirlo y cuando apareció tras la puerta lo hizo acompañada por la madre del sorprendido guerrero que se había vestido con las ropas de samurai de su hijo para ahuyentar a posibles intrusos durante su ausencia.

El año pasó rápidamente y el día del cobro llegó de modo que el Samurai hizo nuevamente el largo viaje. El pescador lo estaba esperando y apenas lo vio corrió hacia el y le dijo: "He tenido un buen año. Aquí está lo que le debo junto a los intereses. No sé cómo darle las gracias". El Samurai puso su mano sobre el hombro del pescador y le respondió: "Quédate con tu dinero. No me debes nada. Soy yo el deudor".

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